Mitos y leyendas de Granada: la monja emparedada viva en el Albaycín

El amor mueve montañas. ¿Quién no ha hecho alguna locura en su nombre? ¿Quién no ha cometido el mayor error de su vida por intentar conquistar a la persona que se ama? Lo cierto es que el amor es ese sentimiento que es capaz de hacernos perder la cabeza y hasta la vida. El amor es el gran contexto mediante el que se construye esta leyenda granadina.

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Ahora hay que viajar a comienzos del siglo XVII al corazón del barrio del Albayzín. Allí, bajando desde el mirador de San Nicolás primero por la calle nueva de San Nicolás y después por la de Santa Isabel la Real, encontramos a nuestra derecha un convento de monjas del mismo nombre. Un lugar en apariencia normal, que sin embargo encierra una leyenda urbana bastante tétrica.

Allí, a comienzos del siglo XVII se cuenta que hubo una religiosa que nunca tuvo claro si su amor era hacia Dios o hacia algo más terrenal. Al parecer la joven monja conoció por las calles de Granada a un hombre que le robó el corazón. Dicen de él que no era puro de corazón pues por aquel entonces la religión pesaba mucho. Aquel era el alma de un hombre morisco. Alguien que por miedo de ser expulsado de la península o asesinado, había decidido abrazar la fe cristiana a pesar de que haber nacido musulmán.

Lo grave no era que la monja sintiera atracción por el muchacho pues al fin y al cabo es un sentimiento humano al que ella como religiosa debía combatir en un acto de fe. Lo grave para la época es que ella había llegado a pecar según cuentan las malas lenguas. La mujer se habría encontrado en alguna ocasión con el morisco, consumando un amor totalmente prohibido.

Aquello debió llegar a los oídos de alguien con poder eclesiástico en Granada por lo que la situación se volvió insostenible. La monja al saber que le habían descubierto supo que le caería una severa sanción, aunque seguramente no imaginaba la que sería. Ella, que intentó huir con su amor camino hacia la vega, fue delatada y apresada por quienes entendían que la Santa Inquisición estaba haciendo un gran trabajo.

La monja fue condenada a una dura sentencia. Debía olvidar para siempre a su amor morisco pero junto a ello, morir. Por eso cuentan las leyendas que la religiosa fue castigada con el emparedamiento. Sería enterrada viva en una de las paredes del convento del que no debió salir para pecar. Convirtiéndose así en parte del edificio.

La leyenda es el mejor modo que tiene quien pasa por allí para contemplar, cada vez que el portón principal del convento está abierto, y explicar el porqué de la pequeña “panza” que asoma en una de las paredes laterales de la entrada. Son muchos quienes creen que en efecto esta historia existió como tal y que la monja está enterrada en ese mismo lugar.

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